Pequeña geografía de una feminista antes del fin de la munda

“Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria.”

Louise Elisabeth Glück

 

Bouquet de flores secas

Durante los trece años que llevo viviendo en CDMX no he sido la típica poblana que está puntual en las terminales los viernes por la tarde. Tampoco he pasado en Cholula una sola de las vacaciones completas. Y ahora les voy a pintar la imagen de lo que para mí ha significado en todos estos años volver a casa. Bajo del transporte público que abordé en la terminal de Puebla, camino dos calles donde hay casas sencillas y lindas. Ninguna de ellas aspira siquiera a ser de clase media, pero tienen esos pequeños encantos de las viejas casas de las colonias semi urbanas de la provincia: tienen patios grandes, árboles, fachadas viejas, pero no descuidadas, zaguanes enormes.

Doy la vuelta hacia la casa de mis padres y termina el breve encanto: me encuentro con una calle sin pavimentar, obscura, llena de basura afuera de algunas casas con perros hurgando entre las bolsas. En ocasiones estará el tráiler de uno de los vecinos. Apresuro el paso. En casa me reciben tres perros con alboroto. Paso directamente a la habitación de mi madre que está limpiando con un viejo trapo de algodón las cosas de su enorme habitación. En la cama hay un mantel en proceso de bordado. Tiene sus lentes bifocales que sólo utiliza para bordar o ver televisión. Me recibe con gusto, pero de inmediato vuelve a su telenovela. Me llama la atención que ahora las telenovelas son importadas y que se la pasen invocando a Alá. Cuando termina la telenovela me ofrece algo de cenar. Me prepara un té de manzanilla que no es de sobre, sino que viene de un bouquet de flores secas. Merendamos mientras me cuenta sobre los últimos sucesos de la vida en la colonia o la familia. Duermo en una cama que está en su habitación. Siempre se duerme después que yo porque no puede parar de hablar.   

Desde antes de que se viniera la pandemia había planeado pasar unas semanas en Puebla después de su cumpleaños para arreglar mi acta de nacimiento. Resulta que mi padre, que siempre conservó una nostalgia a prueba de cualquier olvido por su pueblo de la Sierra norte, nos registraba allá. Las actas de los nueve hijos y los libros originales consignan literalmente como nuestros lugares de nacimiento “en domicilio conocido”. El único documento que prueba el lugar de mi nacimiento es mi fe de bautizo, que tiene otro error porque también a mi padre -que no nos ha facilitado la vida ni para esas pequeñas cosas- se le ocurría que era buena idea ponernos un nombre en la fe de bautizo y uno más (o uno diferente) en el acta. Para arreglar mi acta de nacimiento, debo primero arreglar la fe de bautizo. Afortunadamente me bautizaron en la colonia y ya mi madre se ha encargado de comenzar con el trámite. Total que como comprenderán, se llevaría su tiempo corregir mi acta -antes de la epidemia-. Al día de hoy no sé para cuándo tendré un documento oficial libre de errores. A la segunda ya renuncié: la gente de la parroquia decidió ponerme como lugar de nacimiento el lugar en el que fui registrada. Y así el círculo entre las instituciones de nuestro bendito Estado laico.

 

La escuela no quedaba tan lejos como pensaba

“La memoria, donde se la toque, duele”

Giorgios Seferis

 

Toda esta larga explicación -me fui, pero es que necesitaba sacarlo- para decir que la iglesia en que fui bautizada queda a dos calles de donde estudié la primaria. Y sinceramente, no había pisado esos rumbos en algo así como 25 años. Ayer tomé la bici de mi sobrina y fui a proseguir con el trámite. Y descubrí, amigues, que la primaria no estaba tan lejos como lo percibí en la infancia, cuando mi madre nos enviaba y se quedaba a mitad de la calle esperando que pasáramos por la casa de los Olvera para acompañarnos. Yo iba siempre muy nerviosa porque otra vez íbamos tarde. La impuntualidad viene de familia. Siempre imaginé que quería volar para llegar en los cinco minutos que mi madre mal calculaba para llegar. Cuando a lo lejos escuchábamos “La marcha de Zacatecas”, corríamos y a veces, en efecto, lo lográbamos. Con fortuna lográbamos integrarnos aún a las filas. Porque el hecho de llegar directamente al salón después de los ritos de entrada implicaba un regaño de la maestra Gina: “Areli, eres jefa de grupo, tienes que poner el ejemplo, no te salvarás de las 20 sentadillas o de los 50 centavos para el fondo común”. Nunca llevaba dinero. Tocaban sentadillas.


En bicicleta sí son cinco minutos. ¡La escuela no quedaba tan lejos! Ayer me detuve en medio de la escuela y del parque público que ahora está enrejadísimo y que tiene un letrero implacable: “cerrado hasta nuevo aviso”. La escuela ahora tiene bardas de concreto (en mi infancia eran de malla) y supongo que algo así como un auditorio cuya cúspide es todo lo que puedo ver desde afuera. El sol ha comenzado a ocultarse. Al fondo el Popocatépetl y el sol me anuncian: “tranquila, la munda no se va a acabar”. Tomo la bici otra vez, llego a entregar el documento y regreso a dar vueltas alrededor del parque.

Siempre he tenido plena conciencia de que los seis años de mi primaria me marcaron como ninguna otra cosa en la vida. No saben la cantidad de sueños que he tenido en el espacio que recorro justo en ese momento: en el recreo acompañábamos a Laura a recibir las monedas que le daba su papá todos los días, el zapatero que tenía el local a contra esquina de la primaria. Busco el local. Ya no existe. La calle está vacía, puedo decirlo en voz alta: íbamos Laura, Alfa, Paty, y yo. El papá de Laura era zapatero, el de Alfa profesor, y el de Paty albañil. Los de Laura y de Paty eran amorosos y comprometidos. El de Alfa era autoritario y ausente, el mío… el mío no existía ni discursivamente. Era alcohólico, epiléptico y violento. Volvió a casa cuando yo iba en tercero de primaria. Hablando con otros hijos de alcohólicos, llegamos a la conclusión de que siempre vivimos eso con una vergüenza inenarrable, nos acostumbramos a ocultar lo que ocurría en casa, volvimos nuestra casa una caja negra, un lugar en donde se cocinaban cosas que nadie podía saber, y por supuesto, un lugar al que nadie podía entrar. El hogar era una fábrica de vergüenza.

Cuando la tragedia asomó a la familia de Paty porque asesinaron a su padre trabajador y comprometido teníamos doce años. Sentí una inefable furia. Para entonces ya tenía consciencia de que los padres como los de mis amigas no existían en nuestros círculos. Y hasta hoy me doy cuenta de que mis amigas y yo éramos “las privilegiadas” del salón. Éramos las “inteligentes”, y ellas tres pertenecían a esas familias humildes y amorosas. Y ojo, no quiero romantizar ni la pobreza ni el pasado, pero juro que miraba a las familias de mis amigas con una especie de envidia y de admiración. Los papás de Laura y Paty eran jóvenes y simpáticos. Y no sé por qué pude haber olvidado muchísimas cosas de la etapa posterior: la adolescencia y la universidad, pero aunque no me detenga en la bici, mi pupila se posa sobre el lugar en el que aparecía un padre gordito y bonachón en la reja de la escuela y le pasa unas monedas a Laura: “invítales un refresco a tus amigas”. Esa esquina, al igual que toda la manzana que rodea el parque (y que incluye un campo de fútbol) ha aparecido de manera recurrente en sueños a lo largo de mi vida. Escucho en los audífonos a Jamiroquai y canto: “This corner of the earth is like me in many ways”…

Hace muchos años corrían ríos por aquí. A mi mamá todavía le tocaron cuando llegó a vivir acá. Y todavía más: le tocó lavar en las piedras de los ríos, como en su pueblo. Por eso la colonia se llama popularmente “Manantiales”. Imagino que las bajadas que ahora recorro sobre una bicicleta sin frenos aprovechándome de que la calle está desierta, en otros tiempos eran el cauce de los ríos. A finales de los años ochenta la cosa era así: salías de la primaria y corrías hacia los juegos de un parque que no tenía rejas. Mientras esperabas que tu hermano que iba en sexto terminaba de jugar a las canicas, o que tu hermano menor que iba en primero terminara de jugar al fútbol, buscabas un columpio, pero como la probabilidad de que hubiera uno desocupado era nula, te colocabas con tus amigas en el borde del parque, acostada. Te habías deshecho de tu mochila con tu supuesto hermano responsable mayor que jugaba a las canicas. Colocabas tus brazos cruzados sobre el pecho, y rodabas sobre el pasto de la bajadita hasta llegar al campo de fútbol. Después corrías hacia arriba huyendo de las pelotas y repetías la operación hasta que recordabas que tú eras la ñoña que tenía que ir por sus hermanos para irse a casa. Volvíamos en grupitos como de diez chamacos. Primero se quedaban los Olvera, a veces nos quedábamos en su casa un ratito también. Había un Olvera de la edad de cada Flores. No tenían videojuegos, nosotros tampoco. No tenían un patio enorme como el nuestro. No entiendo qué hacíamos en su casa, quizá sólo sentíamos temor por volver a la nuestra.


Las niñas como tú necesitan leer

"Lo típico de los seres vivos es hacer amar la vida, incluso bajo la forma de una ecuación de segundo grado, pero la vitalidad jamás ha estado inscrita en el programa de las escuelas".

Daniel Pennac, Como una novela

 

Volvamos a esa pequeña geografía que es una manzana en pendiente. ¿Qué había más allá del campo del fútbol? Nunca llegaste hasta allá de niña, cuando los campos de fútbol eran territorio de los niños. Estaba esa casa famosa, famosísima, de lo que en esa época fueron los caciques locales. Se decía que cualquiera podía entrar si ibas con alguna de las habitantes que también iban en nuestra primaria. No logras explicarte todavía como una familia “rica” enviaba a sus hijas a la escuela pública. No sabes qué ha sido de esa familia, pero postrada frente a la casa te das cuenta de que tampoco era la mansión que imaginaste de niña. Ya no está habitada por una familia. Aquél mosaico de un sol te hace dudar de tus recuerdos: quizá nunca entraste, pero debiste pasar por acá.


El sol era emblemático, como era emblemática la biblioteca que, se decía, era de la familia pero la habían abierto a la comunidad. El encargado era el esposo de la maestra Maru, un hippie barbudo que justo ahora te mueres por conocer. Te preguntas cómo era la biblioteca y cómo llegó a ocurrírsele al hippie abrirla a la colonia. Recuerdas a ese personaje que conociste el primer día que entraste a la Facultad de Filosofía y Letras. Has olvidado su nombre, pero él te contó que entró a Letras por influencia del hippie. Yo recuerdo haberle dicho: Yo la verdad no sabía ni quién era Saussure, pero qué pinche complejo es. Él me contestó que él sí lo había leído por intermediación del Hippie. Piensas que es una lástima que el bato abandonara la facultad y que hayas perdido todo rastro de él antes de dar la espalda a la casa, que ahora alberga diversos locales, no sin antes mirar hacia el sitio que antes era la biblioteca. Está en un segundo piso. Parece que ahora es una estética.

El hippie era esposo de la maestra Maru, que aunque fuera maestra de mi carnal el Ángel, nunca me simpatizó del todo porque era rival de mi maestra Gina. Eran maestras de cuarto a sexto en la misma cohorte generacional. Tres años son suficientes para cambiarte la vida. La primera persona en el mundo en tratarme como un ser excepcional fue la maestra Gina. Para las maestras anteriores fui la niña con más alto rendimiento, pero nada más. Un día, cuando iba en cuarto, la maestra Gina iba de salida a mitad del horario escolar, se detiene en la puerta del salón, lo piensa dos segundos, se voltea, y me dice: “Areli, acompáñame”. En esta época esas cosas deben estar prohibidísimas, pero ese día subí a su camioneta y la acompañé -quizás- a realizar un trámite de profesora a alguna dependencia de la SEP. Yo estaba alucinada: no tenía que quedarme en medio del escándalo del salón y la jauría que se desataba cuando se iba la maestra. No recuerdo nada del lugar al que fuimos, en cambio recuerdo que la maestra Gina, que era joven, caderona y profundamente vital, me peguntó cosas acerca de mi familia. Esas salidas se repetirían un par de ocasiones.

En quinto año explicaba una lección sobre el sistema solar. Ya había pasado mi etapa de querer ser astronauta, pero seguía y seguiría hasta la prepa, alucinada con el tema de la exploración del universo. Levanté la mano, hice una pregunta. Me dijo que en ese momento no tenía la respuesta. Al otro día llegó con un libro que traía de su casa. Era un libro para niñxs sobre Galileo Galilei, lo puso sobre mi butaca, y me dijo: “las niñas preguntonas como tú necesitan leer. Tú tienes pensamiento científico. Me lo devuelves cuando lo acabes”. Poco después se le ocurriría la idea de montar una pequeña biblioteca en el aula, pero no podía traer todos los libros de su casa. Fue cuando pensó en hacer el fondo común que nos salvaba de hacer sentadillas. En el último viaje que hicimos en su camioneta, me dijo que llevara el dinero (yo era jefa de grupo, y lo administraba), compramos Corazón, diario de un niño. Dijo, delante de todo el grupo, que la primera que podía llevárselo a casa era yo porque tenía el más alto promedio. Poco después caí enferma de varicela y durante la cuarentena me dediqué a devorar mi primera novela. Esa sí que fue una cuarentena productiva. Yo había empezado un diario tres años antes (sí, fui escritora antes que lectora), pero a partir de esa lectura me resultaría alucinante la escritura en primera persona.

En sexto año acudía a su casa -que está a dos calles de la mía- para que me preparara para el concurso del “niño distinguido”. Además de contestar pruebas tenía que hacer alguna manualidad. Las tardes en la casa de la maestra Gina -que nunca mandó a pedir un solo peso para el material- haciendo un arreglo de migajón, “porque para las pruebas no necesito prepararte” son de las cosas más bellas que me han pasado en la vida. Siempre tenía prisa por terminar de comer, aún recuerdo la emoción de prepararme para acudir a su casa. Asistí puntual a las cuatro de la tarde todos los días durante un mes. Tres años, una maestra excepcional y un libro, son suficientes para cambiarte la vida.

Esta mañana pregunto a mi mamá sobre el destino de las maestras Maru, el esposo hippie y por supuesto, la maestra Gina. De los primeros no sabe nada, pero a la maestra Gina se la encuentra cada tanto en la tienda en la que se surten de todo:

-Se jubiló hace varios años. Creo que está cuidando de sus nietos. Está muy gorda, pero idéntica a como la conociste.

-La maestra Gina sería incapaz de envejecer.

-Siempre me pregunta por ti. Le digo que estás en México y que no te casaste. Me responde que ella siempre supo que eras muy inteligente.

Al terminar de desayunar corro a empezar este escrito. Tengo dos convicciones: aprovecharé esta estancia en Puebla para mandarle flores. Y voy a escribir un libro para ella. Tarde o temprano voy a escribir un libro que esté dedicado a ella. Quizá también la tesis de doctorado, pero me daría pena que recibiera un empastado que no tuviera nada que ver con su profunda vitalidad, con su amor a la vida. A estas alturas, en que he tenido como maestra a Emilia Ferreiro, con quien realmente me da algo hacer el oso, es con la maestra Gina. Y a estas alturas no creo que vayan separados el hecho de que una mujer fuera la primera en decirme que tengo pensamiento científico, me diera a leer mi primera novela o fuera la primera persona en el mundo en tratarme como una niña excepcional, pero estoy convencida de que fue lo último lo que realmente me salvó la vida.

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